Cambia de posición y continúa la
molestia. Para evitarla, acomoda la almohada y se acuesto boca arriba. A si
lado, la mujer ronca como un oso resfriado. Comprueba, incómodo, que su vejiga se queja. Busca causas y se
acuerda de esos vasos de aperitivo con fernet, hielo y soda. Atacar a traición
es de cobardes; sentencia. Mira el reloj digital y, sin los anteojos, ve
números borrosos: parecen ser algo más de las dos. No encuentra posición y, las
cuatro neuronas que tiene funcionando alertan, piden, exigen que se levante y
vaya hasta el baño. Entiende que no hay negociación posible. Retira,
suavemente, la sábana y el cobertor tratando de mantener el statu quo. A
tientas, en medio de una oscuridad conocida, quiere ubicar las pantuflas. El
pie derecho tropieza con algo parecido. Emboca el dedo gordo y luego el resto.
Sólo falta una. Con el pie izquierdo inicia un recorrido incierto y necesario.
¡Bien! Aparece la otra. Al fin logra sacar el tujes de la cama. Con una
facilidad que lo asombra, avanza por el escaso pasillo conduciendo su cuerpo a
puro tacto. A su izquierda, la ventana y la cortina de tela, del otro lado la
cama; la mano derecha detecta la madera lustrada que marca el fin del lecho
matrimonial. Sabe que, de modo lateral, está la cómoda; toma el centro o lo que
cree que es el centro. Avanza. En segundos, se abre un espacio mayor; toca
suave con la zurda y siente la silla valet; a la derecha, una pared limita el
placard. ¡Bien! Se dices. Gira otra vez y, sin dudarlo, avanza por el pequeño
palier que lleva al baño. Otra vez, la mano izquierda percibe un mueble grande:
es el botinero con estantes y portarretratos en la parte superior. Un verdadero
peligro, a centímetros del desastre. Cree superar ese riesgo cuando su pie
derecho, la pantufla de ese lado, roza la banqueta bajo la tulipa del pasillo.
Es la señal que esperaba. Confiado, gira nuevamente para pegar con la frente,
con toda la frente, contra la puerta del baño. Una puteada se le ahoga en medio
del tórax. La puerta es corrediza y, con
suerte, encuentra el herraje que la abre. Desplaza la puerta suave, lentamente,
intentando cero decibeles. Oye, percibe, que los ronquidos siguen, como un
malambo con variaciones. Se relaja un poco. Corre en sentido contrario la hoja
de madera hasta sentir que hace tope. Esta a punto de prender la luz, pero se
detiene; recuerda que, en otra ocasión, casi queda ciego por el resplandor.
Inhibe la intención y resuelve confiar en el tacto. Con precaución infinita
comprueba que, tal como calculó, la tabla está baja, las dos están bajas.
Siguiendo el criterio adoptado, levanta sólo una, sólo la que le permitirá
sentarse porque de pie, sin brújula, sin compás y sin linterna, el chorro
rebotaría contra la mochila, la tabla o vaya a saber contra qué obstáculo. El
pantalón ya es todo arrugas mientras
esboza una sonrisa y un sonido de Feng
shui irradia el alivio esperado. La descarga es, nada más, que el intermezzo; sólo queda volver a meterse
en el túnel. Entonces, se acuerda de ese ciego sádico manejando el subte y se
conforma. Si llegó hasta ahí, no piensa achicarse; ya pasó lo peor. Otra vez en
el pasillo, intenta el recorrido pero, siente sed. Un poco de agua mineral
estará bien, piensa. Con mucho cuidado, se asoma al comedor diario; las luces
rojas del televisor y la video hacen de guías. Abre la heladera, saca la
botella y se sirvo. Comprueba que esta desvelado, sin ganas de volver a la
cama. Qué hacer. Cree saberlo; se va hasta el escritorio, prende la lámpara de
pie y la computadora. ¡Es hora de escribir aquel cuento!